Thursday, July 14, 2005

 

Negociar con terroristas

del ABC del viernes 15 de julio de 2005 (primera parte) y del sábado 16 de julio de 2005 (segunda parte)

1- La negociación

POR JOSÉ VARELA ORTEGA

CATEDRÁTICO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA

... Conviene que la opinión pública española tenga el valor de enfrentarse a la dura realidad: de que la concesión de los pretextos (la autodeterminación o, incluso, la secesión) no les hará a los terroristas abandonar el texto (el poder totalitario)...

TRES décadas de tormento nos deberían haber agudizado el entendimiento y disciplinado el razonamiento.

No obstante, cuando todavía estábamos convalecientes de esa gran investigación que descubría la causa del terrorismo en el hambre en el mundo (ergo, el País Vasco debe de estar «en otro mundo»), nos amenazan con ese silogismo con arreglo al cual, como pasados intentos de negociar reforzaron -que no desactivaron- a los terroristas, conviene insistir en el fracaso.

La repetición del macabro comportamiento nos debería haber enseñado que estas políticas de la violencia, o estrategias de «guerra barata», no son productos reactivos sino pro-activos. No son reacciones de resistencia, sino acciones de revolución.

Nos protegeremos mejor si terminamos por entender que la variable fundamental no está en la causa sino en la oportunidad. La pregunta que se formulan los terroristas no es por qué, sino cuándo, cómo y dónde cometer su atentado.

Nos conviene utilizar la preposición adecuada para formular una proposición acertada: la amenaza no nos llega del por (qué), tanto como del para (qué).

Es un error común, derivado de la peculiar interpretación etnicista de una historia romántica, rebuscar en la mito-genética del conflicto, en la errada presunción de que estos fenómenos de violencia política responden siempre a pesadillas de un remoto y recurrente conflicto histórico, nacional, cultural o religioso.

Muchas veces son opciones del presente: técnicas de guerra política -nos advierte un clásico del tema (Walter Laqueur)- al servicio de estrategias de poder que se alimenta, pero no se sacia, de concesiones o sumisiones y que ejercicios de exorcismo «meaculpista» judeocristiano poco ayudan a su comprensión.

El objetivo estratégico -por más que utópico- del terrorismo eusko-nazi no es tanta o cuanta soberanía, sino el poder totalitario. Lo demás son pretextos y coartadas, como mucho etapas. No estamos, pues, ante un síndrome de «privación relativa» que se resuelva con un expediente de concesiones.

Conviene que la opinión pública española tenga el valor de enfrentarse a la dura realidad: de que la concesión de los pretextos (la autodeterminación o, incluso, la secesión) no les hará a los terroristas abandonar el texto (el poder totalitario).

Esa es una de las razones por la cual traficar derechos fundamentales (la vida y la libertad) a cambio de autodeterminaciones o secesiones -que no son más que objetivos tácticos- no resuelve nada aunque lo agrave todo.

De la falacia de que no se les puede derrotar y de que hay que negociar arranca un atajo lóbrego que termina -como se lamentaba Cánovas en su tiempo- fiando la resolución de los problemas políticos al triste recurso de la fuerza. Quienes nos proponen integrar políticamente la violencia en el sistema negociando quieren ignorar la lógica a la que conduce su temible proposición.

Porque reanimar a terroristas agonizantes con la oferta de una negociación es peor que contraproducente. Significa introducir la violencia en nuestra economía de la política.

La decisión de combatir la violencia hasta desterrarla, en cambio, es el producto de un cálculo educado por una historia que nos ha llevado al convencimiento de que la negociación política produce un efecto didáctico perverso para este y para pleitos futuros.

Comprendamos, con ayuda de los antropólogos, que la violencia es una conducta social que se aprende más deprisa cuando está socialmente remunerada.

Este simio imitativo tardará muy poco -la causa será lo de menos- en mimetizar un comportamiento que el acuerdo remunerado habrá demostrado rentable. La violencia se perpetuará, reproducirá e imitará. Sila, aunque lo intentó -nos explica Salustio-, ya no pudo abolir su propio ejemplo.

Y, así, de la mano de la negociación, violentando la gramática del poder y del derecho, habremos penetrado en el siniestro escenario de la economía de la violencia. Todo nuestro mercado político, todos los actores se reordenarán en función de ese nuevo dato letal. Habremos dado, como decía Maura cuando se golpeó la Constitución en 1923, un maldecido paso atrás, un giro mortal a nuestra democracia parlamentaria: en lugar de expulsar la violencia e integrar problemas, integraremos la violencia para «resolver» problemas -un infierno hobbesiano invivible.

Esa película europea de los años treinta ya la hemos visto y termina mal.Nos van a tener que explicar, despacio y por su orden, por qué habiéndonos resistido en su día al chantaje del nacionalismo golpista español debemos admitir ahora que los terroristas abertzales condicionen una posible reforma estatutaria -que es lo que de verdad está detrás del preacuerdo con ETA.

Es preciso destruir las expectativas políticas de la violencia, llevando al enemigo del desaliento al desistimiento y evitando cualquier gesto que alimente la esperanza de que su macabro sistema produce dividendos.

A la postre, terminaremos por sentarnos, qué duda cabe. Pero a petición de los terroristas y en una sola mesa. No en dos (una casta, con ETA, y la timba donde se barajará el precio político), como pareciera deducirse de las contorsiones del Gobierno. Un escenario que nos precipitaría en nuestra propia trampa. Porque, sobre la mesa de una oferta gubernamental, deambulará, inevitablemente, la sombra siniestra de la amenaza: de que se conceda esto o aquello -poco importa qué- o se volverá a atentar contra nuestra vida y secuestrar nuestra libertad. Se estará especulando, en definitiva, con derechos fundamentales. Se tratará, en suma, de una proposición filosóficamente obscena, moralmente indecente y políticamente explosiva.

La contundente afirmación tiene su justificación e historia. Y algunos de los socialistas de antes se la saben bien.

Si hemos de hacer caso de un suelto de La Vanguardia, a don Gregorio se le conoce en su partido como un gran muñidor de cargos, el nuevo Natalio Rivas de la izquierda española. Pero eso es injusto. Don Gregorio es mucho más que un fiel emulador de Mayor Daley, en un partido que ha producido el spoils system más intenso que ha vivido la política española desde el conde de Romanones.

El profesor Peces Barba conoce, como pocos en España, la literatura de los Founding Fathers. Sabe que el meollo del debate fino il setecento entre el gabinete británico y los primeros americanos -y demócratas- estaba centrado sobre la naturaleza individual e indelegable de los derechos fundamentales: en concreto, la libertad religiosa -derecho sobre el cual los americanos rechazaban la interferencia de una potestad parlamentaria que los ingleses consideraban omnímoda, mientras los yanquis se apoyaban en Grocio para defender una noción firme de los límites de todo poder-. Omnipotence cannot do it: ni siquiera Dios -aseguraban- podía convertir lo verdadero en falso.

Menos aún debía el Parlamento invadir el ámbito de los derechos fundamentales. Como verdades evidentes, estos eran preconstitucionales, ilegislables -en conmovedora expresión de los republicanos españoles-. Eran -son- derechos individuales cuya procuraduría no hemos transferido por el voto a gobierno o legislativo alguno.

Por ende, no son negociables ni están sometidos a votación. Esto no es «paja». Que los derechos fundamentales no puedan votarse -y, en su caso, suprimirse, como acaeció en el Reichstag de 1933- es la clave de la alternancia.

Las libertades formales no eran excesivas, como pensaban monseñor Kaas y Pío XII. Eran fundamentales, como creía el canciller Brüning. Porque su derogación en marzo de 1933 se votó democráticamente.

Pero precisamente por votarse derechos fundamentales, a partir de entonces quedó suprimida en Alemania la elección.

Se demostró en la práctica que, sin libertad, podrá haber votaciones, pero no elecciones, porque no habrá alternativa que elegir.

Lo peor de negociar -derechos fundamentales- no es lo que se concede, ya sea autodeterminación o secesión. Lo peor es lo que se recibe a cambio -la vida y la libertad-, que habrán dejado ya de ser derechos para convertirse en concesiones (de estos u otros especialistas en violencia política).

Lo más asombroso no es que los Carod Roviras de este planeta persistan en el error de una negociación con la que confían alumbrar rentas de secesión. Lo que le deja a uno estupefacto de este debate es que otros diputados, en su infinita soberbia, admitan discutir la mayor y no contesten, modestamente, con la verdad esencial de nuestra democracia parlamentaria: que carecen de mandato electoral para negociar unos derechos fundamentales que no van -ni pueden ir- en la papeleta del voto que les ha elegido.

Es un error, empero, afirmar que el Gobierno ha roto el pacto antiterrorista. Se ha limitado a certificar su caducidad. Con toda lógica. Porque el pacto se fundamentaba en la alternancia y se sustanciaba en el compromiso de que, de ella, los terroristas no pudieran albergar esperanzas de alternativa.

Pero, si el Gobierno abandonara la cultura de la alternancia, el pacto carecería de sentido porque los terroristas sí tendrían alternativa: la negociación que les ofrece el nuevo Club de socialistas y secesionistas. La solución, en el número siguiente.

y 2. Fin de la alternancia

POR JOSÉ VARELA ORTEGA CATEDRÁTICO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA

... Parece razonable que dudemos de la estabilidad institucional de un sistema apoyado en socios inmoderados cuyo objetivo es la liquidación, que no la constitución, del conjunto. Toda predicción es sumamente arriesgada porque la realidad es, afortunadamente, aleatoria...UNA de las formas posibles de enhebrar la historia política de la España contemporánea consiste en hacerlo en torno a tres ejes fundamentales: libertad, alternancia y democracia. Desde 1812 a 1834, apenas (1820-1823) pudo desarrollarse el primero de dichos términos. Durante las cuatro décadas siguientes (1834-1874) tuvimos una versión balbuceante del liberalismo francés pero sin democracia -que, por otra parte, salvo en la América jacksoniana, no existía en lugar alguno. Tampoco hubo alternancia, sino monopolio de un poder que perseguía y excluía a la oposición, la cual, para recuperarlo, recurría al golpe militar como mecanismo de cambio. Un sistema tosco y violento de relevo que acabó mal: en 1868, lo que comenzó como un pronunciamiento militar progresista convencional terminó en una revolución anarco-federal, provocando, o al menos alimentando, una sublevación carlista (1873) que estuvo cerca de triunfar, en su papel de bombero de la revolución -según un agregado militar francés. No es extraño que, ante el enemigo común, muchos liberales, de izquierda a derecha, decidieran estabilizar el sistema, renunciando al golpismo militar para organizar la alternancia en el poder por turno pacífico de las dos grandes familias políticas liberales. Durante cosa de medio siglo hubo, pues, libertad y alternancia. Pero la Restauración (1875-1923) fue víctima de su propio éxito. Porque la alternancia, que acabó con el golpismo -como era su propósito-, estaba tan pactada que desincentivó y dificultó la democracia, que fue su consecuencia. Entre los veinte y los treinta del siglo pasado, demasiados políticos, intelectuales y militares se impacientaron. Comenzaron a considerar que el turno era vicioso y a pensar que la forma de terminar con los vicios era acabar con el turno -un non sequitur muy popular en la época. Unos lo hicieron manu militari implantando una dictadura (1923-1929). Otros trajeron, al fin, la democracia por la que tanto suspiraban las ciudades (1931). Pero, haciendo tabula rasa del pasado y creyendo que los «vicios» se debían al turno -y no al revés-, suprimieron cuanto de civilizado había entre los partidos: espíritu de tolerancia y transacción, hábitos de negociación y voluntad de pactos se convirtieron en métodos fracasados y, el consenso, en pasteleo. Había que acorazarse contra la transigencia, advertía Azaña. Los rivales volvieron a considerarse como enemigos, y su triunfo electoral a interpretarse como una anomalía. La República era sólo de los republicanos, y la mayoría natural, de izquierdas. Mientras, en el otro extremo, la España eterna sólo pertenecía a los verdaderos españoles. Cada mitad hizo esfuerzos por convencer a la otra mitad del país de que no tenía cabida en su sistema. De este modo, no debe sorprendernos que los votos se buscaran -y disputaran- por los extremos. En la República, pues, hubo democracia y libertad, en su versión jacobina e intolerante. Pero la alternancia desapareció del vocabulario y del funcionamiento del sistema, en la medida en que los partidos no construyeron un terreno político común. La idea volvió a ser la aniquilación, en lugar de la aceptación del adversario (Dardé). Fue preciso el gran dolor de la tragedia, y una lóbrega posguerra, para que los hombres de la generación cainita cayeran en la cuenta del bien perdido (Marañón).Tres décadas después, ese renacido espíritu de tolerancia y reconciliación inspiró la Transición y nos moderó a casi todos -salvedad hecha de los nacionalistas-. Fue nuestro never again. Por eso hemos vivido en libertad sin ira y en democracia estable porque parecíamos haber aprendido a respetar la alternancia del rival, residenciando la competencia en el centro del electorado. Por primera vez en nuestra historia las tres variables han coincidido en un tiempo pleno, el sueño de nuestros abuelos hecho realidad. Pero debió de ser eso, un sueño. Porque la generación socialista actual ha abandonado la filosofía de la alternancia. Hemos regresado, pues, a la idea de «mayorías naturales», esta vez con el complemento de pequeños partidos extremistas y secesionistas. Los rivales son otra vez enemigos políticos: los malos, nos explica un influyente político socialista. No se trata sólo de arrojar al PP del poder, como era la obligación de la oposición, o mantenerlo fuera de él, que es la tarea del gobierno socialista. Hay algo más. En este guión, la servidumbre no es sólo de la aritmética parlamentaria. Hay un proyecto estratégico: expulsar al centro derecha de la cancha, redimensionando y rediseñando el campo de juego político con actores extremistas y políticas radicales que busquen el disenso y la confrontación, de manera tal que la disputa por el voto se desplace a los extremos y la derecha pierda, además, su centralidad, bien por disgregación (fabricándole un Le Pen) o por división (del liderazgo).Ahí están los hechos. Y son tozudos. Nuestros astrólogos electorales, astutos y audaces pero ignorantes, con la Iglesia nos han topado (planeando un atentado etimológico que aumenta la confrontación sin incrementar los derechos de la norma). Han desenterrado enfrentamientos (haciendo arqueología de lo macabro y rescatando del olvido estatuas del general Franco), alentado antiamericanismo y populismo, dividido y radicalizado a las víctimas. Han cambiado el sentido de las palabras que es -dijo antes Montaigne y luego Lewis Carroll- el primer paso para deformar la realidad. Para empezar, han travestizado su propia naturaleza política, consiguiendo mixtificar un Partido Socialista en un conglomerado nacionalista que se ha olvidado hasta de la letra de La Internacional. Le han dado la vuelta al sistema parlamentario, al punto de ser el gobierno el que controla, fiscaliza y cuestiona a las oposiciones. Han logrado también invertir el dictum de Hume, al confundir pacífico con moderado, disfrazando a radicales secesionistas de moderados. Bien es verdad que han contado a menudo con la inestimable colaboración de algunos dirigentes del PP, los cuales, en lugar de dimitiendo, entran al trapo embistiendo, cuando se dignan a usar de la cabeza -que diría el poeta. Estas políticas de radicalismo papier mâché podrán gustar más o menos, pero es indudable que, medidas en función del objetivo estratégico señalado -fabricar una nueva constelación política con satélites secesionistas para expulsar al centro derecha del sistema-, están teniendo éxito: movilizan votos por los extremos, sin perder los del centro. Sólo les falta cerrar el preacuerdo con ETA. En una mesa aséptica se hablará sólo de armas, presos y tregua. Pero en otra de tahúres se negociará con los «recogedores de nueces» del PNV un plan Ibarreche maquillado. Después, a disolver y sacar mayoría absoluta, antes de que la subida de tipos y la caída de la demanda interna conviertan en paro y traduzcan en impopularidad el agujero que ahora vemos -pero todavía no sufrimos- en la balanza comercial. Ese es el guión. Y es una (perversa) buena idea. Todo lo demás es episódico.Episódico, pero no gratuito. Porque el guión tiene sus costos. No se precisa de mucha aritmética para calcular el pasivo del antiamericanismo en un país con ingentes intereses atlánticos y un permanente problema de seguridad en el Estrecho. Tampoco hace falta mucho más que sentido común para concluir que resucitar problemas con la Iglesia, enfrentamientos cainitas o el recuerdo de Franco -que creíamos amortizados, enterrados u olvidados- es una política imprudente. Que sea el Gobierno el que fiscalice a la oposición implica -le explicó la izquierda española a Cánovas en 1880, y Churchill a los laboristas en 1941- hablar del pasado e impone, claro, sacrificar el futuro. Pero todo eso no son más que los pretextos del referido texto. Y eso -el texto- es lo grave, en la medida en que atenta contra, digamos, las leyes de la física-política. La experiencia nos ha mostrado que los nacionalistas son insaciables. Lo que se les propone como acuerdos ellos lo traducen por etapas. La última -el acuerdo, unánime, sobre el sistema de financiación- no ha durado más de... ¡cuatro años! Es inevitable que nos preguntemos por los tiempos de la próxima «etapa» que ahora se está negociando. Y también parece razonable que dudemos de la estabilidad institucional de un sistema apoyado en socios inmoderados cuyo objetivo es la liquidación, que no la constitución, del conjunto. Toda predicción es sumamente arriesgada porque la realidad es, afortunadamente, aleatoria. Sin embargo, puestos a aventurar, antes que la proposición contraria, es más probable que el nuevo planetario político diseñado por el Gobierno vaya de éxito (virtual) en éxito (electoral), hasta que la realidad objetiva imponga su presencia con un desastre final.

Comments: Post a Comment

<< Home

This page is powered by Blogger. Isn't yours?