Saturday, July 30, 2005
Alianza, dialogo o convivencia ...
¿Alianza, diálogo o convivencia de civilizaciones?
ABC - sabado 30 de julio de 2005
GUSTAVO ARÍSTEGUI DIPUTADO DEL PARTIDO POPULAR
TRIBUNA ABIERTA El autor mantiene que la erradicación de la pobreza no desembocaría en el final del terrorismo, porque los fundamentalistas pretenden «dominarlo todo». Una «alianza de civilizaciones» sólo es posible entre «democracias que compartimos principios y valores»EL apoyo del primer ministro británico Blair ha reabierto el debate sobre una cuestión extraordinariamente mal planteada, la de las razones y las causas del terrorismo. Nadie puede dudar de las buenas intenciones de fondo si hacemos abstracción del oportunismo político, pero no se pueden ignorar las perniciosas consecuencias de este inútil y ciertamente arriesgado debate.El terrorismo ni ha tenido, ni tiene ni tendrá razones, eso que el presidente del Gobierno denomina «el mar de la injusticia universal», que es el perfecto complemento a su «alianza», pues lo segundo sin lo primero no se entendería. No conozco a ningún analista importante que no se haya «sorprendido» (palabra que se usa en el lenguaje diplomático para expresar su rotundo rechazo) ante el planteamiento peligroso y comprometido del mar de la injusticia, que sirve de base a la alianza. Si su base es tan resbaladiza y arriesgada, ¿cómo podemos darle credibilidad y fundamento al remedio que de ella nace? El planteamiento es profundamente erróneo porque presupone que se puede terminar con el terrorismo acabando con sus razones por medio de la alianza de civilizaciones. He ahí el craso error, pues el terror no tiene razones, usa y abusa de pretextos y, si todos los conflictos que le han servido de excusa desaparecieran, ya se ocuparían sus teóricos de inventarse nuevas «razones», a las que sólo cabría oponer la sumisión de la civilización y de la democracia al terror para escapar de su ira. Es evidente que eso no ocurrirá. No hay más forma de terminar con el terrorismo que su derrota, y con la lucha en el terreno de las ideas, pues la superioridad ética y moral de la democracia y el respeto a los Derechos Humanos no admiten duda ni compromiso alguno.La pobreza genera retraso, muerte y desolación, así como inestabilidad geopolítica y geoestratégica, pero en el continente más pobre del planeta, que es África, no hay movimientos terroristas, hay violencia tribal y guerras civiles así como enfrentamientos entre vecinos como consecuencia de la artificiosidad de algunas de sus naciones. El islamismo radical aumenta en un número creciente de países por el activo -y a veces violento- proselitismo, convenientemente «engrasado» con cantidades ingentes de dinero vergonzante de quienes quieren aplacar sus conciencias o mantener el fenómeno fuera de casa. Conviene subrayar que en esto último han fracasado estrepitosamente.En el análisis del fenómeno terrorista podemos hablar de factores que favorecen la expansión de las ideologías violentas y totalitarias, que alimentan al terror y le sirven de combustible diabólicamente eficaz. En este proceloso océano naufraga el «mar de la injusticia universal», pues son docenas los factores que han incidido en la expansión del fanatismo. Sólo mencionaré algunos: el colonialismo y las profundas heridas que dejó en los países sometidos; la descolonización mal diseñada y peor ejecutada; la falta de perspectivas personales, económicas y laborales; las crisis personales y de identidad; una educación rígida y retrógrada, que manipula la historia y siempre le echa la culpa de todas sus desgracias a Occidente y que enseña frustración y rabia, que engendran odio y fanatismo; el socorrido victimismo que aliena y adormece la autocrítica y el afán de superación; el fracaso de los sistemas políticos que han sido impuestos a esos pueblos desde las dictaduras de extrema derecha a las de extrema izquierda, pasando por los regímenes de partido único o las supuestas teocracias. No puedo extenderme más, pero queda claro que el análisis es un poco más complejo que el «mar de la injusticia universal» y su hermana la «alianza de civilizaciones».Erradicando la pobreza le haremos un gran servicio a la humanidad. Es una tarea urgente y que provocará un salto espectacular en el bienestar y en el crecimiento económico y la prosperidad del mundo, lo que redundará en mayor estabilidad y paz. Pero lográndolo no terminaríamos con el terrorismo, pues al fanatismo y al odio que inspiran a las ideologías que nutren al terrorismo no les preocupa la pobreza; sólo pretenden perpetuarse y lograr cotas crecientes de poder hasta dominarlo todo.La «Alianza de Civilizaciones» es un «refrito» mal digerido de ideas ajenas, generalmente mejor planteadas que esta iniciativa, que se sustenta en un análisis muy simplista de fenómenos muy complejos y que comete el error de creer que hay razones y causas que provocan el terrorismo. Contra el terror sólo se puede luchar con una estrategia multidimensional que incluya, entre otras muchas, la dimensión de seguridad; de reformas legales; de cooperación internacional, de coordinación y trabajo en equipo de los servicios de inteligencia; de políticas educativas que fomenten la tolerancia y el pluralismo como valores esenciales; de una eficaz lucha contra la financiación del terror; de políticas penitenciarias que rompan la disciplina interna de las organizaciones y que permitan una verdadera y completa rehabilitación del terrorista, aunque yo tenga mis dudas de que eso sea posible, y promoviendo -no imponiendo- la democracia y el respeto a los Derechos Humanos. Todo esto habría que complementarlo con un eficaz catalizador: el diálogo de civilizaciones, muy crítico cuando las circunstancias lo requieran, que es a lo que ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo la Unesco, y que fue retomada por el ex presidente iraní Mohamed Jatamí. Alianza sólo puede haber entre democracias que compartimos principios y valores. La derrota del terrorismo y el diálogo para lograr una pacífica convivencia entre civilizaciones fomentarán el avance de la democracia y de los derechos y libertades fundamentales a los que tiene derecho todo ser humano. Sin embargo, en esta angustiosa carrera por lograr un mundo mejor, nos han tomado una preocupante delantera el fanatismo, el odio, el extremismo y su hijo primogénito y heredero: el terrorismo.
ABC - sabado 30 de julio de 2005
GUSTAVO ARÍSTEGUI DIPUTADO DEL PARTIDO POPULAR
TRIBUNA ABIERTA El autor mantiene que la erradicación de la pobreza no desembocaría en el final del terrorismo, porque los fundamentalistas pretenden «dominarlo todo». Una «alianza de civilizaciones» sólo es posible entre «democracias que compartimos principios y valores»EL apoyo del primer ministro británico Blair ha reabierto el debate sobre una cuestión extraordinariamente mal planteada, la de las razones y las causas del terrorismo. Nadie puede dudar de las buenas intenciones de fondo si hacemos abstracción del oportunismo político, pero no se pueden ignorar las perniciosas consecuencias de este inútil y ciertamente arriesgado debate.El terrorismo ni ha tenido, ni tiene ni tendrá razones, eso que el presidente del Gobierno denomina «el mar de la injusticia universal», que es el perfecto complemento a su «alianza», pues lo segundo sin lo primero no se entendería. No conozco a ningún analista importante que no se haya «sorprendido» (palabra que se usa en el lenguaje diplomático para expresar su rotundo rechazo) ante el planteamiento peligroso y comprometido del mar de la injusticia, que sirve de base a la alianza. Si su base es tan resbaladiza y arriesgada, ¿cómo podemos darle credibilidad y fundamento al remedio que de ella nace? El planteamiento es profundamente erróneo porque presupone que se puede terminar con el terrorismo acabando con sus razones por medio de la alianza de civilizaciones. He ahí el craso error, pues el terror no tiene razones, usa y abusa de pretextos y, si todos los conflictos que le han servido de excusa desaparecieran, ya se ocuparían sus teóricos de inventarse nuevas «razones», a las que sólo cabría oponer la sumisión de la civilización y de la democracia al terror para escapar de su ira. Es evidente que eso no ocurrirá. No hay más forma de terminar con el terrorismo que su derrota, y con la lucha en el terreno de las ideas, pues la superioridad ética y moral de la democracia y el respeto a los Derechos Humanos no admiten duda ni compromiso alguno.La pobreza genera retraso, muerte y desolación, así como inestabilidad geopolítica y geoestratégica, pero en el continente más pobre del planeta, que es África, no hay movimientos terroristas, hay violencia tribal y guerras civiles así como enfrentamientos entre vecinos como consecuencia de la artificiosidad de algunas de sus naciones. El islamismo radical aumenta en un número creciente de países por el activo -y a veces violento- proselitismo, convenientemente «engrasado» con cantidades ingentes de dinero vergonzante de quienes quieren aplacar sus conciencias o mantener el fenómeno fuera de casa. Conviene subrayar que en esto último han fracasado estrepitosamente.En el análisis del fenómeno terrorista podemos hablar de factores que favorecen la expansión de las ideologías violentas y totalitarias, que alimentan al terror y le sirven de combustible diabólicamente eficaz. En este proceloso océano naufraga el «mar de la injusticia universal», pues son docenas los factores que han incidido en la expansión del fanatismo. Sólo mencionaré algunos: el colonialismo y las profundas heridas que dejó en los países sometidos; la descolonización mal diseñada y peor ejecutada; la falta de perspectivas personales, económicas y laborales; las crisis personales y de identidad; una educación rígida y retrógrada, que manipula la historia y siempre le echa la culpa de todas sus desgracias a Occidente y que enseña frustración y rabia, que engendran odio y fanatismo; el socorrido victimismo que aliena y adormece la autocrítica y el afán de superación; el fracaso de los sistemas políticos que han sido impuestos a esos pueblos desde las dictaduras de extrema derecha a las de extrema izquierda, pasando por los regímenes de partido único o las supuestas teocracias. No puedo extenderme más, pero queda claro que el análisis es un poco más complejo que el «mar de la injusticia universal» y su hermana la «alianza de civilizaciones».Erradicando la pobreza le haremos un gran servicio a la humanidad. Es una tarea urgente y que provocará un salto espectacular en el bienestar y en el crecimiento económico y la prosperidad del mundo, lo que redundará en mayor estabilidad y paz. Pero lográndolo no terminaríamos con el terrorismo, pues al fanatismo y al odio que inspiran a las ideologías que nutren al terrorismo no les preocupa la pobreza; sólo pretenden perpetuarse y lograr cotas crecientes de poder hasta dominarlo todo.La «Alianza de Civilizaciones» es un «refrito» mal digerido de ideas ajenas, generalmente mejor planteadas que esta iniciativa, que se sustenta en un análisis muy simplista de fenómenos muy complejos y que comete el error de creer que hay razones y causas que provocan el terrorismo. Contra el terror sólo se puede luchar con una estrategia multidimensional que incluya, entre otras muchas, la dimensión de seguridad; de reformas legales; de cooperación internacional, de coordinación y trabajo en equipo de los servicios de inteligencia; de políticas educativas que fomenten la tolerancia y el pluralismo como valores esenciales; de una eficaz lucha contra la financiación del terror; de políticas penitenciarias que rompan la disciplina interna de las organizaciones y que permitan una verdadera y completa rehabilitación del terrorista, aunque yo tenga mis dudas de que eso sea posible, y promoviendo -no imponiendo- la democracia y el respeto a los Derechos Humanos. Todo esto habría que complementarlo con un eficaz catalizador: el diálogo de civilizaciones, muy crítico cuando las circunstancias lo requieran, que es a lo que ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo la Unesco, y que fue retomada por el ex presidente iraní Mohamed Jatamí. Alianza sólo puede haber entre democracias que compartimos principios y valores. La derrota del terrorismo y el diálogo para lograr una pacífica convivencia entre civilizaciones fomentarán el avance de la democracia y de los derechos y libertades fundamentales a los que tiene derecho todo ser humano. Sin embargo, en esta angustiosa carrera por lograr un mundo mejor, nos han tomado una preocupante delantera el fanatismo, el odio, el extremismo y su hijo primogénito y heredero: el terrorismo.